Esta España nuestra está viviendo una etapa complicada en lo económico, y eso se nota en el bolsillo de la gente. La sensación general es que, poco a poco, los ciudadanos y ciudadanas hemos ido perdiendo capacidad de compra. En estos años, la inflación ha dejado de ser un sobresalto temporal para convertirse en un problema persistente. No solo ha sido más alta que en etapas anteriores, sino que su impacto acumulado ha sido mucho mayor. Mientras en el periodo de Mariano Rajoy el incremento total rondó el 7,2%, ahora hablamos de un 24,2%, una diferencia que pesa directamente sobre el día a día de cualquier familia.
La combinación de una inflación persistente y una gestión que no ha corregido sus efectos ha generado un escenario en el que la población se empobrece mientras el Estado ingresa más. Es decir, el gobierno del señor Sánchez está aplicándonos una progresividad en frío que le permite tener más dinero para derrochar mentras la ciudadanía tiene menos dinero para comer.
¿Y qué el la progresividad en frío que nos está aplicando el gobierno del señor Pedro Sánchez? La llamada progresividad en frío describe un fenómeno fiscal que se produce cuando los tramos del impuesto sobre la renta no se actualizan confome suben los precios. En un contexto de inflación elevada, los salarios nominales tienden a incrementarse para compensar la pérdida de poder adquisitivo, pero si los límites de los tramos impositivos permanecen congelados, esos aumentos salariales empujan a los contribuyentes hacia tipos más altos sin que realmente hayan mejorado su situación económica real.
Este efecto perverso se agrava cuando, además, los mínimos personales y familiares —las cantidades exentas que reconocen las necesidades básicas de cada contribuyente— llevan muchos años sin actualizarse. Si estos mínimos permanecen anclados en valores antiguos, dejan de reflejar el coste real de la vida y reducen artificialmente la parte de renta considerada esencial para vivir, aumentando así la base sobre la que se aplica el impuesto.
El resultado práctico es que los trabajadores terminan pagando más impuestos simplemente porque la inflación ha inflado sus salarios nominales, no porque hayan ganado más en términos reales. Es una forma silenciosa de aumentar la recaudación sin modificar formalmente los tipos impositivos ni anunciar una subida fiscal explícita, lo que dificulta que la ciudadanía perciba el cambio como una decisión política deliberada.
Considero que esta práctica equivale a una subida de impuestos encubierta. Al no deflactar los tramos ni actualizar los mínimos, el Estado incrementa su recaudación sin pasar por un debate parlamentario abierto, trasladando la carga fiscal adicional a las familias en un momento en que su capacidad adquisitiva ya está tensionada por la inflación. Es hora, pues, de que la ciudadanía vaya exigiéndole a Pedro Sánchez que frene esta progresividad en frío que nos empobrece.
En definitiva, la progresividad en frío actúa como un mecanismo automático que erosiona el poder adquisitivo de los contribuyentes y aumenta la presión fiscal sin transparencia. Podemos decir que supone una forma de apropiación indirecta del esfuerzo de los hogares, que ven cómo su factura fiscal crece sin que su bienestar económico mejore en la misma medida. Pagamos más impuestos por los mismos o peores servicios.
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MARÍA REY
MARÍA REY
ECONOMISTA
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