lunes, 2 de marzo de 2026

Las consecuencias económicas de la última guerra de Donald Trump

Al presidente Trump le gusta jugar a la guerra desde su sillón de mando en el despacho oval. Este fin de semana puso sus misiles en Irán como quien pone una pica en Flandes. La guerra abierta entre Irán, Israel, Estados Unidos y varios países del Golfo ha provocado una cadena de ataques que ha alcanzado a territorios habitualmente estables como Abu Dabi. La región vive una escalada marcada por bombardeos, drones y misiles que han golpeado aeropuertos, bases militares y zonas urbanas, generando víctimas civiles y paralizando infraestructuras clave. Esta espiral de violencia ha puesto de manifiesto la fragilidad del equilibrio en Oriente Medio y el riesgo de que el conflicto se extienda más allá de sus focos iniciales. 
Los ataques de Irán han sido calificados por numerosos gobiernos como ilegales e indiscriminados, especialmente tras impactar en países como Israel, Chipre y varios estados del Golfo. La respuesta de Estados Unidos e Israel, con bombardeos sobre territorio iraní, ha añadido una capa más de tensión, alimentando un ciclo de represalias que amenaza con desbordarse. La posibilidad de que potencias europeas como Francia, Alemania y Reino Unido participen en acciones defensivas contra Irán ha elevado aún más la preocupación internacional. 
En este contexto, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ha adoptado una postura centrada en la desescalada y el respeto al derecho internacional. Ha condenado tanto los ataques de Irán como las acciones militares unilaterales de Estados Unidos e Israel, insistiendo en que la violencia solo genera más violencia y que la prioridad debe ser detener la espiral bélica. Para Sánchez, cualquier intervención que no pase por la legalidad internacional contribuye a un orden global más incierto y hostil. 
El Gobierno español ha subrayado que la situación es "gravísima" y ha pedido diálogo como única vía para recuperar la estabilidad. Además, ha recomendado a los ciudadanos españoles en la región —especialmente los 158 que se encontraban en Irán en el momento de los ataques— que abandonen el país por motivos de seguridad. Esta reacción refleja la preocupación de España por la seguridad de sus nacionales y por el impacto que una escalada mayor tendría en Europa y el Mediterráneo. 
Sánchez también ha señalado que los bombardeos, aunque dirigidos a objetivos militares, terminan alcanzando calles, aeropuertos, colegios y hogares de civiles inocentes, lo que agrava la crisis humanitaria y dificulta cualquier intento de mediación. Su mensaje ha sido claro: detener la espiral de violencia es imprescindible para evitar una guerra de consecuencias imprevisibles para toda la región. 
Mientras tanto, la comunidad internacional sigue dividida entre quienes abogan por una respuesta militar contundente contra Irán y quienes, como España, piden contención y respeto al derecho internacional. La evolución del conflicto dependerá en gran medida de si las potencias implicadas optan por seguir escalando o si se abre una ventana para la diplomacia. En cualquier caso, la situación en Abu Dabi y en el resto de Oriente Medio seguirá siendo un punto crítico para la estabilidad global en las próximas semanas. Donald Trump promete más y peores bombardeos. A ese señor de cabeza rubia y esposa bella le gusta la guerra.
En cambio, a nosotras y a nosotros, no nos gustan los conflictos bélicos. Nos horrorizan los muertos, las familias destrozadas, las viviendas derruidas, y nos preocupan las consecuencias económicas de estas guerras. La nueva contienda en Oriente Medio va a tener como consecuencia a corto plazo una subida preocupante los precios de los carburantes. Gasolina más cara, transporte más caro, comida más cara, pobreza más severa. Las consecuencias de la guerra de Donald Trump son más inflación.                                                                                          
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